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Diseño de Puentes

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Descripción

El diseño tiene un valor cultural indudable así como un prestigio social reconocido. La acción de diseñar es propia de muchas actividades, entre las que se incluye evidentemente la ingeniería. El diseño constituye la punta de lanza de una tecnología humanizada que busca, no solamente crear productos que sean útiles a la sociedad, sino que además tengan un valor formal que haga más agradable su uso.


Características

  • ISBN: 9788438005422
  • Páginas: 272
  • Tamaño: 24x20
  • Edición:
  • Idioma: Español
  • Año: 2020

Disponibilidad: 3 a 7 Días

Contenido Diseño de Puentes

El diseño tiene un valor cultural indudable así como un prestigio social reconocido. La acción de diseñar es propia de muchas actividades, entre las que se incluye evidentemente la ingeniería. El diseño constituye la punta de lanza de una tecnología humanizada que busca, no solamente crear productos que sean útiles a la sociedad, sino que además tengan un valor formal que haga más agradable su uso. Ese valor añadido, que podemos ver en algunos puentes, y que va más allá de lo técnico, de lo económico y hasta del propio valor de uso, permite que estas obras pasen a formar parte de un patrimonio que la sociedad aprecia y tiene interés en conservar. El ciclo de sesiones dedicadas al “Diseño en Puentes”, que se resume en este libro, pretende difundir el pensamiento y la obra de un grupo de notables proyectistas y especialistas en el tema. Ellos son y van a ser sin duda la vanguardia de una forma integral de diseñar puentes que es, por otra parte, una de las señas de identidad de la ingeniería estructural española. Todos ellos son grandes embajadores del diseño aplicado a la ingeniería de puentes. El diseño de calidad que ellos desarrollan ayuda a que la ingeniería sea de una vez reconocida como una más de las múltiples expresiones de la cultura de nuestra sociedad.

La tarea del ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, del ingeniero Civil por utilizar el término equívoco  que más circula en los circuitos internacionales, consiste fundamentalmente en la transformación de la superficie terrestre para facilitar la vida humana. Los ingenieros hacemos posibles los diferentes modos del transporte, regulamos los caudales del agua y aseguramos los abastecimientos, organizamos los establecimientos urbanos y les aplicamos las últimas tecnologías para facilitar la convivencia… La lista es larga, prácticamente ilimitada, pero en los diferentes quehaceres prima la funcionalidad: lo característico de nuestra labor no es tanto el cómo cuanto el qué. Lo relevante es dar abrigo y permitir el atraque a un buque, salvar un obstáculo natural para permitir el paso a una carretera o a una línea de ferrocarril, represar el agua para facilitar el consumo humano y/o generar energía eléctrica… El impacto de nuestras obras no es irrelevante pero su finalidad es siempre prosaica. En cualquier caso, nuestras actuaciones inciden en el paisaje. Lo golpean o se acomodan a él, intervienen, lo modulan o lo destruyen. No son las nuestras acciones inocuas: impactan ambientalmente, marcan la naturaleza… y dejan una huella estética que perdurará, que incidirá en la personalidad del entorno, que será admirada o detestada por la otra parte, por la ‘otredad’, por el espectador, que es destinatario y usuario pero también juez, árbitro, génesis de la imagen de la obra en cuestión. El espacio donde se cruzan la naturaleza y la estructura se convierte en lugar. Y “algunas veces —ha escrito Miguel Aguiló en su obra más clásica, ‘El paisaje construido. Una aproximación a la idea de lugar’— lo construido se enlaza mágicamente con su entorno, trasciende su propio uso, y adquiere significados. Y lo que no era sino medio físico presenta nuevos perfiles que importan y conmueven. Esa conjunción de lo natural y lo construido se experimenta como lugar cuando surge la conciencia de los significados allí soldados por el tiempo. Entonces, aquello se entiende de otra manera, produce alegría o tristeza, y se disfruta con plenitud de sentido”. En el mundo complejo de la creatividad del ingeniero destacan unos artefactos singulares, que han enlazado desde la prehistoria con la idea misma de cultura, que son los puentes. Los puentes, que representan la superación de un obstáculo, han sido siempre, son todavía, el alarde técnico más avanzado que cada generación es capaz de realizar: Javier Manterola, uno de los grandes constructores de puentes, ha dejado escrito que “plantear cómo va a resistir, cómo va a salvar 30 metros de luz antes, 300 metros o 3.000 metros en la actualidad, supone estar siempre al límite de lo que somos capaces de resolver”. Y ese alarde técnico tiene un entronque indiscutible con la arquitectura, otro concepto fraternalmente unido a la ingeniería que sin embargo contiene internamente elementos propios, particularmente la estética y el diseño. Una acequia y un pantalán han de ser aseadas y discretas obras funcionales; un puente de gran porte, por definición, ha de ser una construcción magnífica, capaz de obtener el reconocimiento estético de su tiempo y de pasar a la posteridad. La estética es en este caso indisociable de la funcionalidad. Y el diseño ha de responder al doble reto de la resistencia y de la belleza intrínseca. Un campo en el que ineludiblemente entramos en territorios de subjetividad pero en los que hay también anclajes objetivos que trascienden a la coetaneidad e ingresan antes o después en la categoría de lo clásico. La primera cumbre internacional de la comunidad del diseño, que reunió a 22 organizaciones internacionales que representaban a urbanistas profesionales, arquitectos, arquitectos paisajistas y diseñadores de más de 90 países, se celebró octubre de 2017 en Montreal (Canadá) y concluyó con la ratificación de la primera Declaración de Diseño, la  Declaración de Diseño de Montreal, que reconocía la necesidad de un liderazgo estratégico en asuntos de diseño a nivel local, regional, nacional e internacional y la necesidad de modelos de gobernanza, agendas políticas y políticas para tener en cuenta el diseño. En definitiva, enfatizó el papel fundamental y crítico del diseño para crear un mundo que sea ambientalmente sostenible, económicamente viable, socialmente equitativo y culturalmente diverso. En aquella cumbre —lo recuerda José Romo, coordinador de esta obra, en la introducción a este libro— se definió diseño como “el proceso a través del cual se crean los entornos materiales, espaciales, visuales y de experiencia”, al tiempo que “es motor de la innovación, de la competitividad, del crecimiento y desarrollo, de la eficiencia y de la prosperidad”. En principio, puede parecer que diseño, economía y funcionalidad no son términos fácilmente conciliables en materia de puentes. Un puente de gran luz  es tanto más difícil de diseñar, y seguramente tanto más costoso, cuanto menor sea el canto, cuanto más esbelto se quiera proyectar, cuanto más se deje influir la estética. Sin embargo, el verdadero proyectista debe desprenderse de esta ilación argumental porque su trabajo consiste precisamente en combinar a la vez el diseño de una estructura resistente con unos trazos elegantes y armónicos. Manterola lo ha explicado con deslumbrante claridad: una de las características del puente como estructura es “descubrir cómo podemos ir más adelante cuando estamos en el límite de lo que sabemos hacer. Qué material utilizar, cómo ponerlo en situación, en la misma orilla o a 1.000 metros de distancia de ella, sin más ayuda que lo que nosotros hayamos puesto para llegar allí”. sigue diciendo Manterola "está cómo configura y ordena sus partes para que el traspaso de las cargas desde su colocación en un punto hasta su apoyo en la cimentación sea adecuada. Cómo se tensa y se deforma en el hecho de resistir y trasladar. Pero en el mismo pensar lo resistente está cómo materializar la idea del resistir, cómo va resistiendo la estructura mientras se construye”. “A veces pensaba en un puente como un organismo biológico que se va configurando y acaba consiguiendo su forma definitiva al final del proceso. Y no, un puente no es un organismo que crece y se desarrolla; es verdad que crece y se desarrolla hasta alcanzar su forma y resistencia definitivas, pero es porque lo hemos configurado nosotros, así que en su forma final está presente el hecho de pasar del no ser al ser. El proceso constructivo está en la esencia de los puentes, indisociable de qué va a resistir y cómo va a hacerlo” . En definitiva, comparto plenamente las palabras de José Romo cuando dice que "la obligada consideración del puente como una expresión de la cultura material e inmaterial de un tiempo, hace que la valoración de los puentes tenga que realizarse de una forma global. La visión basada en lo funcional y en lo resistente resulta insuficiente para entender la trascendencia cultural de los puentes. Según Christian Menn: “La calidad estética es el componente más importante de la esencia cultural de un puente determinado”. Es por lo tanto básico que el proyecto incorpore esa variable estética o formal, que no tiene por qué repercutir significativamente en el coste de la obra y que sin embargo tiene un valor extraordinario por su impacto en la vida diaria de muchas personas a lo largo de muchas generaciones”. Como presidente saliente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, después de dos mandatos y ocho enriquecedores años al frente de esta gran institución, me satisface mucho que una de mis ultimas intervenciones oficiales sea escribir estas líneas que prologarán una obra magnífica editada por el propio Colegio que aborda con tanta audacia como sentido de la actualidad una faceta esencial de nuestra profesión. De una carrera antigua y sólida que se nos podría ir de las manos si no fuéramos capaces de continuar claramente y sin vacilaciones al frente de la innovación.

El diseño tiene un valor cultural indudable así como un prestigio social reconocido. La acción de diseñar es propia de muchas actividades, entre las que se incluye evidentemente la ingeniería. El diseño constituye la punta de lanza de una tecnología humanizada que busca, no solamente crear productos que sean útiles a la sociedad, sino que además tengan un valor formal que haga más agradable su uso. Ese valor añadido, que podemos ver en algunos puentes, y que va más allá de lo técnico, de lo económico y hasta del propio valor de uso, permite que estas obras pasen a formar parte de un patrimonio que la sociedad aprecia y tiene interés en conservar. El ciclo de sesiones dedicadas al “Diseño en Puentes”, que se resume en este libro, pretende difundir el pensamiento y la obra de un grupo de notables proyectistas y especialistas en el tema. Ellos son y van a ser sin duda la vanguardia de una forma integral de diseñar puentes que es, por otra parte, una de las señas de identidad de la ingeniería estructural española. Todos ellos son grandes embajadores del diseño aplicado a la ingeniería de puentes. El diseño de calidad que ellos desarrollan ayuda a que la ingeniería sea de una vez reconocida como una más de las múltiples expresiones de la cultura de nuestra sociedad.
La tarea del ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, del ingeniero Civil por utilizar el término equívoco  que más circula en los circuitos internacionales, consiste fundamentalmente en la transformación de la superficie terrestre para facilitar la vida humana. Los ingenieros hacemos posibles los diferentes modos del transporte, regulamos los caudales del agua y aseguramos los abastecimientos, organizamos los establecimientos urbanos y les aplicamos las últimas tecnologías para facilitar la convivencia… La lista es larga, prácticamente ilimitada, pero en los diferentes quehaceres prima la funcionalidad: lo característico de nuestra labor no es tanto el cómo cuanto el qué. Lo relevante es dar abrigo y permitir el atraque a un buque, salvar un obstáculo natural para permitir el paso a una carretera o a una línea de ferrocarril, represar el agua para facilitar el consumo humano y/o generar energía eléctrica… El impacto de nuestras obras no es irrelevante pero su finalidad es siempre prosaica. En cualquier caso, nuestras actuaciones inciden en el paisaje. Lo golpean o se acomodan a él, intervienen, lo modulan o lo destruyen. No son las nuestras acciones inocuas: impactan ambientalmente, marcan la naturaleza… y dejan una huella estética que perdurará, que incidirá en la personalidad del entorno, que será admirada o detestada por la otra parte, por la ‘otredad’, por el espectador, que es destinatario y usuario pero también juez, árbitro, génesis de la imagen de la obra en cuestión. El espacio donde se cruzan la naturaleza y la estructura se convierte en lugar. Y “algunas veces —ha escrito Miguel Aguiló en su obra más clásica, ‘El paisaje construido. Una aproximación a la idea de lugar’— lo construido se enlaza mágicamente con su entorno, trasciende su propio uso, y adquiere significados. Y lo que no era sino medio físico presenta nuevos perfiles que importan y conmueven. Esa conjunción de lo natural y lo construido se experimenta como lugar cuando surge la conciencia de los significados allí soldados por el tiempo. Entonces, aquello se entiende de otra manera, produce alegría o tristeza, y se disfruta con plenitud de sentido”. En el mundo complejo de la creatividad del ingeniero destacan unos artefactos singulares, que han enlazado desde la prehistoria con la idea misma de cultura, que son los puentes. Los puentes, que representan la superación de un obstáculo, han sido siempre, son todavía, el alarde técnico más avanzado que cada generación es capaz de realizar: Javier Manterola, uno de los grandes constructores de puentes, ha dejado escrito que “plantear cómo va a resistir, cómo va a salvar 30 metros de luz antes, 300 metros o 3.000 metros en la actualidad, supone estar siempre al límite de lo que somos capaces de resolver”. Y ese alarde técnico tiene un entronque indiscutible con la arquitectura, otro concepto fraternalmente unido a la ingeniería que sin embargo contiene internamente elementos propios, particularmente la estética y el diseño. Una acequia y un pantalán han de ser aseadas y discretas obras funcionales; un puente de gran porte, por definición, ha de ser una construcción magnífica, capaz de obtener el reconocimiento estético de su tiempo y de pasar a la posteridad. La estética es en este caso indisociable de la funcionalidad. Y el diseño ha de responder al doble reto de la resistencia y de la belleza intrínseca. Un campo en el que ineludiblemente entramos en territorios de subjetividad pero en los que hay también anclajes objetivos que trascienden a la coetaneidad e ingresan antes o después en la categoría de lo clásico. La primera cumbre internacional de la comunidad del diseño, que reunió a 22 organizaciones internacionales que representaban a urbanistas profesionales, arquitectos, arquitectos paisajistas y diseñadores de más de 90 países, se celebró octubre de 2017 en Montreal (Canadá) y concluyó con la ratificación de la primera Declaración de Diseño, la  Declaración de Diseño de Montreal, que reconocía la necesidad de un liderazgo estratégico en asuntos de diseño a nivel local, regional, nacional e internacional y la necesidad de modelos de gobernanza, agendas políticas y políticas para tener en cuenta el diseño. En definitiva, enfatizó el papel fundamental y crítico del diseño para crear un mundo que sea ambientalmente sostenible, económicamente viable, socialmente equitativo y culturalmente diverso. En aquella cumbre —lo recuerda José Romo, coordinador de esta obra, en la introducción a este libro— se definió diseño como “el proceso a través del cual se crean los entornos materiales, espaciales, visuales y de experiencia”, al tiempo que “es motor de la innovación, de la competitividad, del crecimiento y desarrollo, de la eficiencia y de la prosperidad”. En principio, puede parecer que diseño, economía y funcionalidad no son términos fácilmente conciliables en materia de puentes. Un puente de gran luz  es tanto más difícil de diseñar, y seguramente tanto más costoso, cuanto menor sea el canto, cuanto más esbelto se quiera proyectar, cuanto más se deje influir la estética. Sin embargo, el verdadero proyectista debe desprenderse de esta ilación argumental porque su trabajo consiste precisamente en combinar a la vez el diseño de una estructura resistente con unos trazos elegantes y armónicos. Manterola lo ha explicado con deslumbrante claridad: una de las características del puente como estructura es “descubrir cómo podemos ir más adelante cuando estamos en el límite de lo que sabemos hacer. Qué material utilizar, cómo ponerlo en situación, en la misma orilla o a 1.000 metros de distancia de ella, sin más ayuda que lo que nosotros hayamos puesto para llegar allí”. sigue diciendo Manterola "está cómo configura y ordena sus partes para que el traspaso de las cargas desde su colocación en un punto hasta su apoyo en la cimentación sea adecuada. Cómo se tensa y se deforma en el hecho de resistir y trasladar. Pero en el mismo pensar lo resistente está cómo materializar la idea del resistir, cómo va resistiendo la estructura mientras se construye”. “A veces pensaba en un puente como un organismo biológico que se va configurando y acaba consiguiendo su forma definitiva al final del proceso. Y no, un puente no es un organismo que crece y se desarrolla; es verdad que crece y se desarrolla hasta alcanzar su forma y resistencia definitivas, pero es porque lo hemos configurado nosotros, así que en su forma final está presente el hecho de pasar del no ser al ser. El proceso constructivo está en la esencia de los puentes, indisociable de qué va a resistir y cómo va a hacerlo” . En definitiva, comparto plenamente las palabras de José Romo cuando dice que "la obligada consideración del puente como una expresión de la cultura material e inmaterial de un tiempo, hace que la valoración de los puentes tenga que realizarse de una forma global. La visión basada en lo funcional y en lo resistente resulta insuficiente para entender la trascendencia cultural de los puentes. Según Christian Menn: “La calidad estética es el componente más importante de la esencia cultural de un puente determinado”. Es por lo tanto básico que el proyecto incorpore esa variable estética o formal, que no tiene por qué repercutir significativamente en el coste de la obra y que sin embargo tiene un valor extraordinario por su impacto en la vida diaria de muchas personas a lo largo de muchas generaciones”. Como presidente saliente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, después de dos mandatos y ocho enriquecedores años al frente de esta gran institución, me satisface mucho que una de mis ultimas intervenciones oficiales sea escribir estas líneas que prologarán una obra magnífica editada por el propio Colegio que aborda con tanta audacia como sentido de la actualidad una faceta esencial de nuestra profesión. De una carrera antigua y sólida que se nos podría ir de las manos si no fuéramos capaces de continuar claramente y sin vacilaciones al frente de la innovación.

El diseño tiene un valor cultural indudable así como un prestigio social reconocido. La acción de diseñar es propia de muchas actividades, entre las que se incluye evidentemente la ingeniería. El diseño constituye la punta de lanza de una tecnología humanizada que busca, no solamente crear productos que sean útiles a la sociedad, sino que además tengan un valor formal que haga más agradable su uso. Ese valor añadido, que podemos ver en algunos puentes, y que va más allá de lo técnico, de lo económico y hasta del propio valor de uso, permite que estas obras pasen a formar parte de un patrimonio que la sociedad aprecia y tiene interés en conservar. El ciclo de sesiones dedicadas al “Diseño en Puentes”, que se resume en este libro, pretende difundir el pensamiento y la obra de un grupo de notables proyectistas y especialistas en el tema. Ellos son y van a ser sin duda la vanguardia de una forma integral de diseñar puentes que es, por otra parte, una de las señas de identidad de la ingeniería estructural española. Todos ellos son grandes embajadores del diseño aplicado a la ingeniería de puentes. El diseño de calidad que ellos desarrollan ayuda a que la ingeniería sea de una vez reconocida como una más de las múltiples expresiones de la cultura de nuestra sociedad.
La tarea del ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, del ingeniero Civil por utilizar el término equívoco  que más circula en los circuitos internacionales, consiste fundamentalmente en la transformación de la superficie terrestre para facilitar la vida humana. Los ingenieros hacemos posibles los diferentes modos del transporte, regulamos los caudales del agua y aseguramos los abastecimientos, organizamos los establecimientos urbanos y les aplicamos las últimas tecnologías para facilitar la convivencia… La lista es larga, prácticamente ilimitada, pero en los diferentes quehaceres prima la funcionalidad: lo característico de nuestra labor no es tanto el cómo cuanto el qué. Lo relevante es dar abrigo y permitir el atraque a un buque, salvar un obstáculo natural para permitir el paso a una carretera o a una línea de ferrocarril, represar el agua para facilitar el consumo humano y/o generar energía eléctrica… El impacto de nuestras obras no es irrelevante pero su finalidad es siempre prosaica. En cualquier caso, nuestras actuaciones inciden en el paisaje. Lo golpean o se acomodan a él, intervienen, lo modulan o lo destruyen. No son las nuestras acciones inocuas: impactan ambientalmente, marcan la naturaleza… y dejan una huella estética que perdurará, que incidirá en la personalidad del entorno, que será admirada o detestada por la otra parte, por la ‘otredad’, por el espectador, que es destinatario y usuario pero también juez, árbitro, génesis de la imagen de la obra en cuestión. El espacio donde se cruzan la naturaleza y la estructura se convierte en lugar. Y “algunas veces —ha escrito Miguel Aguiló en su obra más clásica, ‘El paisaje construido. Una aproximación a la idea de lugar’— lo construido se enlaza mágicamente con su entorno, trasciende su propio uso, y adquiere significados. Y lo que no era sino medio físico presenta nuevos perfiles que importan y conmueven. Esa conjunción de lo natural y lo construido se experimenta como lugar cuando surge la conciencia de los significados allí soldados por el tiempo. Entonces, aquello se entiende de otra manera, produce alegría o tristeza, y se disfruta con plenitud de sentido”. En el mundo complejo de la creatividad del ingeniero destacan unos artefactos singulares, que han enlazado desde la prehistoria con la idea misma de cultura, que son los puentes. Los puentes, que representan la superación de un obstáculo, han sido siempre, son todavía, el alarde técnico más avanzado que cada generación es capaz de realizar: Javier Manterola, uno de los grandes constructores de puentes, ha dejado escrito que “plantear cómo va a resistir, cómo va a salvar 30 metros de luz antes, 300 metros o 3.000 metros en la actualidad, supone estar siempre al límite de lo que somos capaces de resolver”. Y ese alarde técnico tiene un entronque indiscutible con la arquitectura, otro concepto fraternalmente unido a la ingeniería que sin embargo contiene internamente elementos propios, particularmente la estética y el diseño. Una acequia y un pantalán han de ser aseadas y discretas obras funcionales; un puente de gran porte, por definición, ha de ser una construcción magnífica, capaz de obtener el reconocimiento estético de su tiempo y de pasar a la posteridad. La estética es en este caso indisociable de la funcionalidad. Y el diseño ha de responder al doble reto de la resistencia y de la belleza intrínseca. Un campo en el que ineludiblemente entramos en territorios de subjetividad pero en los que hay también anclajes objetivos que trascienden a la coetaneidad e ingresan antes o después en la categoría de lo clásico. La primera cumbre internacional de la comunidad del diseño, que reunió a 22 organizaciones internacionales que representaban a urbanistas profesionales, arquitectos, arquitectos paisajistas y diseñadores de más de 90 países, se celebró octubre de 2017 en Montreal (Canadá) y concluyó con la ratificación de la primera Declaración de Diseño, la  Declaración de Diseño de Montreal, que reconocía la necesidad de un liderazgo estratégico en asuntos de diseño a nivel local, regional, nacional e internacional y la necesidad de modelos de gobernanza, agendas políticas y políticas para tener en cuenta el diseño. En definitiva, enfatizó el papel fundamental y crítico del diseño para crear un mundo que sea ambientalmente sostenible, económicamente viable, socialmente equitativo y culturalmente diverso. En aquella cumbre —lo recuerda José Romo, coordinador de esta obra, en la introducción a este libro— se definió diseño como “el proceso a través del cual se crean los entornos materiales, espaciales, visuales y de experiencia”, al tiempo que “es motor de la innovación, de la competitividad, del crecimiento y desarrollo, de la eficiencia y de la prosperidad”. En principio, puede parecer que diseño, economía y funcionalidad no son términos fácilmente conciliables en materia de puentes. Un puente de gran luz  es tanto más difícil de diseñar, y seguramente tanto más costoso, cuanto menor sea el canto, cuanto más esbelto se quiera proyectar, cuanto más se deje influir la estética. Sin embargo, el verdadero proyectista debe desprenderse de esta ilación argumental porque su trabajo consiste precisamente en combinar a la vez el diseño de una estructura resistente con unos trazos elegantes y armónicos. Manterola lo ha explicado con deslumbrante claridad: una de las características del puente como estructura es “descubrir cómo podemos ir más adelante cuando estamos en el límite de lo que sabemos hacer. Qué material utilizar, cómo ponerlo en situación, en la misma orilla o a 1.000 metros de distancia de ella, sin más ayuda que lo que nosotros hayamos puesto para llegar allí”. sigue diciendo Manterola "está cómo configura y ordena sus partes para que el traspaso de las cargas desde su colocación en un punto hasta su apoyo en la cimentación sea adecuada. Cómo se tensa y se deforma en el hecho de resistir y trasladar. Pero en el mismo pensar lo resistente está cómo materializar la idea del resistir, cómo va resistiendo la estructura mientras se construye”. “A veces pensaba en un puente como un organismo biológico que se va configurando y acaba consiguiendo su forma definitiva al final del proceso. Y no, un puente no es un organismo que crece y se desarrolla; es verdad que crece y se desarrolla hasta alcanzar su forma y resistencia definitivas, pero es porque lo hemos configurado nosotros, así que en su forma final está presente el hecho de pasar del no ser al ser. El proceso constructivo está en la esencia de los puentes, indisociable de qué va a resistir y cómo va a hacerlo” . En definitiva, comparto plenamente las palabras de José Romo cuando dice que "la obligada consideración del puente como una expresión de la cultura material e inmaterial de un tiempo, hace que la valoración de los puentes tenga que realizarse de una forma global. La visión basada en lo funcional y en lo resistente resulta insuficiente para entender la trascendencia cultural de los puentes. Según Christian Menn: “La calidad estética es el componente más importante de la esencia cultural de un puente determinado”. Es por lo tanto básico que el proyecto incorpore esa variable estética o formal, que no tiene por qué repercutir significativamente en el coste de la obra y que sin embargo tiene un valor extraordinario por su impacto en la vida diaria de muchas personas a lo largo de muchas generaciones”. Como presidente saliente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, después de dos mandatos y ocho enriquecedores años al frente de esta gran institución, me satisface mucho que una de mis ultimas intervenciones oficiales sea escribir estas líneas que prologarán una obra magnífica editada por el propio Colegio que aborda con tanta audacia como sentido de la actualidad una faceta esencial de nuestra profesión. De una carrera antigua y sólida que se nos podría ir de las manos si no fuéramos capaces de continuar claramente y sin vacilaciones al frente de la innovación.

Colaboraciones

Ignacio Paya
Carlos Nardiz
Jose Antonio Martin Caro
Pilar Crespo
Juan Luis Bellod
Raul Escriva
Hector Beade
Fernando Ibañez
Jorge Bernabeu
Mario Guisasola
Xavier Font
Jesus Corbal
Guillermo Capellan
Luis Matute
Ramon Sanchez de Leon
Ana Lorea
Alvaro Serrano   
Manuel Reventos
Jose Simon Talero
Antonio Martinez Cutillas

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